La denuncia social y política de un país en el que a finales del siglo
XIX aún sobrevivía el sistema feudal puede ser tema poco propicio para una
comedia. Llevar a escena una obra del dramaturgo ruso que nada entiende de
esencias (los malos no son del todo malos, ni los buenos del todo buenos), sino
que retrata constantemente su pueblo en grises de tal manera que la comedia se
convierte por momentos en tragedia, es un propósito no poco arriesgado. Sin
embargo, cuando se trata de Irina Kouberskaya, dramaturga oriunda de San
Petersburgo e instalada en Madrid desde hace varias décadas, es indudable que
“El jardín de los cerezos” tome nuevos rumbos.
Aparentemente, para aligerar la trama que gira en torno a la opresión del
gobierno zarista y el proletariado industrial, la directora opta por una
representación surrealista de la obra. En el ambiente sobrecogedor de la
pequeña sala Tribueñe se le convida al espectador soltar riendas de su
imaginación quizás mucho más que lo hubiera hecho al leer la obra. En una
especie de preludio, al son de una música grave y siniestra, los personajes
desfilan por el escenario a cámara lenta y transmiten de esta manera tal
decadencia, desesperanza y tristeza que el efecto es realmente imponente. Los
transeúntes dejan en el escenario sus maletas que se transforman a lo largo de
la obra en tumbas, sillas, mesas o espejos a la vez que los remos representan
paredes de una finca o un armario para convertirse más tarde en cerezos. Es
cierto que, para las tres horas que dura la representación, el atrezo es
escaso, aunque bien premeditado. El problema viene cuando los actores dicen
estar remando en un río y minuto después marcan otro espacio donde
supuestamente termina la orilla y empieza el río, que al instante pretende ser
un pozo. Quizás el único elemento que sobra es el piano que aparece después del
segundo acto y sospecho que su único fin es el de hacer lucir habilidades
musicales de dos actores-pianistas francamente mediocres.
El comportamiento de los personajes no tiene mucho de surrealista, aunque la actuación de algunos de ellos
linda con la locura y con el histrionismo hasta tal punto que resultan poco
convincentes o creíbles. La protagonista de la obra, Liubov Andréevna,
representada por la misma directora, estalla en una carcajada o rompe a llorar.
El estudio psicológico de los personajes es realmente elogiable, pero los
diálogos son monologizados en exceso y varios momentos surreales, aunque
intencionados y cargados de mucho simbolismo, sobran para un espectador no
introducido previamente en la obra chejoviana.
Tras un interminable fluir de música, el tiempo en escena se para,
empieza a sonar el reloj y al puro estilo lorquiano el espectador es
introducido en el subconsciente de uno de los personajes. A veces los actores
se ponen máscaras o declaman sus ideas filosóficas y aunque todo esto es un
procedimiento realmente provechoso para descargar la obra de su pesadez social,
tiene como consecuencia el difícil entendimiento de las intenciones de Chejov y
la dificultosa conexión entre actores.
A pesar de que "El jardín de los cerezos" de la compañía Tribueñe es una
representación moderna e innovadora, no deja de ser un intencionado homenaje a
la cultura rusa donde se da lugar a soliloquio de varios minutos en ruso sin
explicación alguna o a música que a lo largo de las tres horas de la obra no
cesa y en la que predominan canciones
populares rusas, y aún más donde todo gira en torno de la protagonista, la
actriz rusa.
Sin embargo, la cercanía del público al escenario y el ambiente hogareño permiten al espectador disfrutar de la obra y llevarse de este pequeño teatro un recuerdo entre dulce y amargo como el sabor de los guindos que son los que realmente florecen en el jardín de Chejov.
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